De chico mis viejos me compraban las revistas Joker y Quijote, famosas por contener todo tipo de acertijos y crucigramas. Los primeros eran mis preferidos, porque mi amplísimo vocabulario actual todavía no había sido desarrollado lo suficiente como para que los crucigramas me entretuvieran, y las pocas palabras que podía descifrar (como «UT: antiguo nombre de la nota Do», o DEL/AL -dependiendo de la cantidad de letras- para la definición de «contracción gramatical») nunca eran suficientes como para llenar una grilla entera de palabras. Si bien le daba un intento al Autodefinido, siempre hacía trampa chusmeando la página de las soluciones.
Aaaah, pero cuando veía una Batalla Naval, un Indominó, o una Pirámide numérica… esos sí eran mis juegos. Siempre que la lógica entrara en juego y predominara por sobre el conocimiento cultural, yo me sentía en mi salsa.
Era de esperar entonces que, cuando empieza a surgir el auge de las salas de escape, mi niño interior (y exterior) empiece a saltar de alegría ante la posibilidad de tener que usar todos mis poderes deductivos para salir de una habitación cerrada. Era juntar toda mi infancia en una situación de la vida real, ponerle una linda historia de trasfondo y librarme a mi suerte.
No se me da tan bien como quisiera el jugar en grupo, han llegado a decirme que soy insoportable, pero eso es porque no me puedo aguantar. Me encantan los desafíos, el pensar «outside the box», y cuando hay un acertijo al que no logro darle la vuelta, me enculo. Pero estoy tratando de cambiar, y aceptar, que en estos juegos, el trabajo en equipo es todo.
Por supuesto, eso es hasta que se inauguren las salas de escape individuales y ahí me vea librado a mi propia suerte.
Mientras tanto, mi intención es jugar y probar todas las salas que pueda, y escapar… literal y metafóricamente.
Mirá qué lindo cómo cerré mi historia de manera poética…